La
banda montó el escenario en Fitz Roy y Cabrera, a metros de Niceto, el
local que se convirtió en su base de operaciones. Quince mil personas
disfrutaron de un show que contó con la presencia de numerosos
invitados, desde Vicentico hasta Pablo Lescano.
De
un lado, una banda de ska instrumental acompañada por una orquesta de
41 músicos. Del otro, 15 mil personas entregadas a los placeres de la
música. En la calle, y gratis. ¿Desde cuándo está bueno Buenos Aires?
Desde hace cien shows, cuando Dancing Mood tomó Niceto Club (allá, en
julio de 2001) como base de operaciones hasta llegar a una sorprendente
centena que celebró la noche del sábado pasado en pleno corazón de
Palermo Hollywood. El escenario se montó en Fitz Roy y José Cabrera, a
pocos metros del local que los convirtió en un verdadero gusto sibarita
de la noche porteña a fuerza de ciclos que pasaron por todos los días
de la semana (últimamente, los jueves). En fiel procesión, la
concurrencia comenzó ocupando desde temprano las cuatro cuadras
adyacentes que se cortaron especialmente para esta auténtica gala sin
proclamas forzadas ni banderas remanidas. Es que la banda tiene un solo
argumento y está ahí, a la vista, cuando logra expresarse
prescindiendo, justamente, de las palabras: la música es predicante y
predicada.
Si hasta ellos mismos reconocen cumplir una
función didáctica con un público que descubrió a John Coltrane, Toots
& The Maytals, Count Basie o Earth, Wind and Fire gracias a sus
versiones en clave ska aunque bajo un elástico etcétera que admite
reggae, rocksteady, soul y jazz, entre tantos condimentos sonoros. Esa
misma gente que alguna vez aplaudió a Skay Beilinson esta vez reconoció
a un inspiradísimo Pablo Lescano. El líder de Damas Gratis (que alguna
vez se tuteó con Los Fabulosos Cadillacs y Fidel Nadal) entregó una de
las postales más sublimes de la noche con un incendiario solo de keytar
–ese híbrido de guitarra y órgano tan característico en la cumbia– para
“Confucious” de The Skatalites, minutos después de tocar como telonero
junto a su banda de cumbia villera.
El mensaje parece ser
que nada podrá desunir lo que la música logre unir. Y como en su
momento hicieron su aporte Diego Arnedo, de Divididos, o Doreen
Shaffer, de los propios Skatalites, ahora Vicentico de repente le pone
su voz a una versión de “Have you ever seen the rain?”, de Creedence,
y, más adelante, la anglonigeriana Pauline Black se despachará con
canciones de Dresmond Dekker, Jimmy Cliff y, por supuesto, su banda,
The Selecter, verdadera pionera del ska europeo. El ex Todos Tus
Muertos Pablo Molina, Pety de Riddim y la recurrida e innegable Débora
Dixon (quien se movió a sus anchas en “I’ll be there”, de The Jackson
Five, asistida por un quinteto gospel) cerraron la ecléctica lista de
invitados. La inspiración y la sensibilidad borran las fronteras
tribales a las que está sometida la música en Argentina demostrando
que, a veces, las diferencias se diluyen dando un paso hacia la misma
dirección.
La gente aprueba estas decisiones mientras
resuelve la falta de letras para cantar apropiándose de las líneas de
saxo o trompeta con sus propios coros. Y no es que se trate de un
escapismo a la realidad. Todo lo contrario. Es, en verdad, un viaje por
la música a través de canciones que rendirían de fondo en cualquier
restó, pero que acá funcionó en un estado de actividad que incluye una
multitudinaria marcha humana en “Take the ‘A’ train”, de Duke Ellington
(¡el tren más largo del mundo!). Si hasta hicieron “Police woman” de
sus admirados Skatalites algo así como el “Jijiji” del ska instrumental
criollo.
A simple vista, Hugo Lobo parece más un hincha
fanático de Atlanta que un eximio trompetista. Sin embargo, es ambas
cosas y, además, el combustible espiritual de Dancing Mood. Recluta
voluntades, propone canciones, ajusta arreglos y escribe las más de mil
partituras que ejecuta esta denominada versión Deluxe que involucró a
los catorce integrantes de la banda más 41 músicos de la orquesta
adicional con la que ya se habían presentado en el Teatro Opera y en el
Luna Park. La clave de la propuesta, de todos modos, no sabe de
personalismos y reposa en la convivencia armónica y alegre de
instrumentos de viento, cuerda o percusión que intercambian
permanentemente roles de protagonismo y de acompañamiento. Por donde se
mire, habrá atriles con hojas pentagramadas llenas de notas y figuras.
Muchos improvisan, aunque nadie es un improvisado. Definitivamente, no
hace falta oler a naftalina para tocar música de conservatorio y
ganarse el clamor popular en un clima festivo absolutamente envidiable
(¿o, acaso, cuántos artistas locales serían capaces de reunir quince
mil personas sobre la calle en completa calma?).
El
mundillo de la música local desnudó todas sus hipocresías tras
Cromañón, viendo tristemente cómo muchos artistas borraban con el codo
lo que pregonaban en el pasado. Ellos siguen su camino de manera
silenciosa bajo la militante independencia con la que producen sus
shows y editan sus discos administrando los dividendos como una
auténtica cooperativa, que reconoce por igual a todos los involucrados
sin distinciones a la hora de los premios. Una postura al servicio de
la música, demostrando que se puede decir mucho sin tener que explicar
tanto más que lo que brama cada instrumento.